Tumbada en el sofá, con la manta enroscada en su cuerpo y la taza de chocolate caliente entre las manos miraba al televisor, pero sin mirar. Escuchando más a sus pensamientos que a los protagonistas de la película que había puesto para matar el tiempo. Era una noche fría, pero no porque a fuera en la calle lloviera a cantaros, que también, sino porque le faltaba algo. Mejor dicho, alguien. Las relaciones a distancia tenían esas cosas. No siempre podía abrazar, besar, pelearse e incluso reconciliarse como quería, ni cuando quería. No podía compartir las cosas rutinarias que antes no apreciaba. El despertarse juntos, el cenar con velas y música un día entre semana, el pasar un domingo entre la cama y el sofá o el sofá y la cama, los enfados tontos por quién ha mojado el suelo al salir de la ducha… Ahora quiere eso. Todo eso. Y jura valorarlo en cuanto lo tenga aunque sabe a ciencia cierta que erróneamente caerá en ese círculo vicioso y absurdo en el que se comienza a exigir (una vez logrado todo) más y más olvidándose de ese día, en ese sofá en el que deseaba simplemente la rutina que perdió. Anota mentalmente no olvidarse de ello.
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